1 de junio de 2010

QUE ME HÁ DADO CARACAS Viaje hacia La Guaira

A los pocos días los supervisores se enteraron que yo no solo sabía leer y escribir, como sucedía con la mayoría de los obreros, sino que tenía el 6ª grado aprobado y por eso, me cambiaron a otro departamento, donde mi rendimiento aumentó y hasta me dieron un incremento de sueldo.

En ningún momento desmayé en mi propósito de ingresar a la Escuela Naval para ser un digno oficial de la Marina de Guerra de Venezuela y por supuesto, tenía que venirme a Caracas.

El ambiente en Caripito era acogedor. Ya tenía vivienda, asistía al Club de la Compañía, me vinculé con la comunidad, tanto del Campo como del pueblo, participando en actividades sociales y culturales.

Cuando leí en la prensa el aviso llamando a la inscripción en la Escuela Naval, hablé con el Superintendente de la Empresa y le hice conocer mis propósitos y la necesidad de renunciar al cargo. Me felicitó por mi decisión y aceptó la renuncia, ordenando mi liquidación. Con mis ahorros y prestaciones sociales, reuní unos Bs. 6.000.oo y preparé mi viaje a Caracas, pasando primero por Río Caribe.

Compré mi pasaje para La Guaira en primera clase, pagando por él, Bs. 59.oo, le dejé Bs. 400.oo a mi mamá y estuve esperando 18 días que regresara “el vapor” “Guayana”, que ya había hecho escala en el puerto y continuado su viaje hasta Ciudad Bolívar, haciendo escala en Guiria, Pedernales, Tucupita y San Félix y que debía regresar en 8 días.

En ese entonces cuando alguien venía para Caracas, la gente que tenía algún familiar en esta ciudad, aprovechaba la ocasión para mandarle paquetes de dulces, chorizos, regalos y todo género de cosas, a dichos familiares; de allí que en esos 18 días de espera me fui llenando de peroles y cachivaches que no me cabían en el equipaje.

Cuando al fín llegó el barco de regreso, empaqué lo que pude y salí lleno de optimismo, en compañía de un grupo de pasajeros, para seguir ese viaje para La Guaira, haciendo sus respectivas escalas, puerto por puerto, donde la nave tenía que embarcar y desembarcar carga y pasajeros. De Río Caribe fuimos a Carúpano, luego a Porlamar, la Salina de Araya, donde estuvimos 5 días cargando sal, seguidamente Guanta y finalmente a La Guaira.

31 de mayo de 2010

QUE ME HÁ DADO CARACAS. Salida de Rio Caribe

Decidí marcharme de Rio Caribe a los 14 años, hacia los campos petroleros, creyendo que con mi sexto grado aprobado y mis deseos de trabajar, encontraría un empleo rápidamente, aunque fuera de office boy, en cualquier Empresa Petrolera, pero no me imaginé lo difícil que se me haría. Fueron seis meses de diligencias fallidas y no pasé hambre, porque estaba alojado en la casa de unos familiares, pero si pasé múltiples sinsabores. Vino por fin un norteamericano, Gerente de la Empresa y me dijo que allí no había posibilidad de trabajo como oficinista, que si por casualidad, había algún movimiento de personal, era para obreros y para optar a un ingreso en esa categoría, debía tener mi libreta de inscripción militar. Yo tenía para entonces apenas 15 años recién cumplidos y era flaco y debilucho, pero con buena estatura.

Le escribí de inmediato a mi amigo el Negro Figueroa, para que me consiguiera en Río Caribe, un justificativo donde constara que yo había nacido el año 1.926 y por supuesto, tenía 18 años y con este documento saqué mi Libreta Militar.

Continué en mis gestiones hasta que logré el ingreso en la Refinería Creole, previa aprobación del examen físico. Un médico recién graduado había determinado que yo tenía anillos inguinales y por lo tanto no podía ingresar a la Empresa. Por medio de un primo hablé con el Dr. Jacinto López, quien era el Jefe del Servicio Médico y estaba casado con Rosita Cardinale, una paisana de Río Caribe. Por su intermedio e intervención personal, me hizo de nuevo el examen médico y determinó que estaba perfectamente de salud y así lo hizo constar en un Informe Médico.

Con esa certificación acudí a la Oficina de Labor de la Empresa y enseguida me dieron la orden de ingreso como obrero raso y el día 19 de Marzo de 1.945, día de San José, comencé a trabajar en la Refinería de Caripito, pico y pala a pleno sol monaguense.

No tenía experiencia en el uso de esos instrumentos, pero poco a poco fui cogiendo el paso con la ayuda de unos magníficos compañeros de trabajo, que me ayudaban y alentaban en la tarea.

28 de mayo de 2010

PERFILES DE RIO CARIBE Perfil - Las ruinas del Alambique.

En una manzana ubicada entre las calles Junín, Anzoátegui y Valdez existía para los años 1.938 y 1945 unas ruinas de un alambique donde, en sus tiempos, se molía caña de azúcar para producir aguardiente y papelón. Poco a poco esa actividad fue decreciendo y ya para mi época de muchacho, la casa central presentaba serios deterioros hasta el punto que el área mayor era utilizada como cancha de béisbol, sitio para elevar papagayos y otros juegos recreativos. En los pasillos exteriores de la casa funcionaban dos talleres de carpintería de ribera y ebanistería, respectivamente.

El taller de ebanistería lo dirigía el señor Jesus Higinio Rondón, un artesano muy reconocido por su habilidad y profesionalismo para la fabricación de muebles, mesas, destiladores, sillas, mecedores y demás muebles del hogar, sin descontar con la necesidad de fabricar urnas cuando las circunstancias lo ameritaba. Era jefe de una familia muy estimada en la localidad y tenía la virtud de incumplir todas las fechas de entrega de los encargos que le hacían. Así muchos matrimonios tuvieron que posponer fechas de bodas, porque los muebles nunca estaban para las fechas ofrecidas. Claro que en el día iba a visitar a Cachón Heredia unas 5 o 6 veces para degustar un gustoso trago de ron.

El taller de carpintería de ribera lo dirigía Juan Campos, un hombre fuerte y de baja estatura que con gran dedicación iba dándole forma a los botes y peñeros que le encargaban. Era una labor extenuante, que comenzaba con el encargo del casco a los proveedores en el campo. Cuando llegaba este casco lo colocaba sobre dos troncos medianos, lo desbastaba y cuadraba para ponerlo a nivel. De acuerdo con las medidas de la nave, coloca a su alrededor unos hilos indicadores de la ubicación de las maderas complementarias. Luego empareja por dentro y por fuera la madera del casco y determina los puntos donde se fijarán las cuadernas, la popa y la proa de la embarcación. Una vez determinados estos puntos, comienza la preparación de la madera que le da formación a la parte exterior de la nave. La parte de la popa tiene que ser de una madera dura y resistente para aguantar los embates del mar. Igualmente la madera de proa. Poco a poco se le va dando forma a la embarcación.

27 de mayo de 2010

Perfiles de Rio Caribe - Las Areperas del Pueblo

En Río Caribe no existía un mercado de trabajo que permitiera incursionar en distintas actividades, por lo que al presentarse alguna oportunidad de trabajo, la gente acudía a ella ávidamente, sin importarle que el beneficio no fuera alto y el esfuerzo fuera exigente. Los hombres eran obreros, pescadores, artesanos varios y muy pocos eran comerciantes, empleados públicos, marinos y trabajadores diversos. Las mujeres tenían un campo sumamente restringido ya que solamente podían incursionar en labores hogareñas, granjerías o en prestación de servicios.

Cuando veo, con mi natural curiosidad, que las amas de casas adquieren con la mayor naturalidad en los mercados, los paquetes de harina de maíz precocido, me viene a la memoria el esfuerzo que debían efectuar las mujeres que elaboraban las conocidas “arepas” para la venta.

Para entonces no había maquinas “piladoras” de maíz y las pobres trabajadoras debían apelar a una serie de actividades para convertirlo en “masa”. El cereal se cosechaba en el campo y lo traían al pueblo en forma de “mazorcas”, que debían desgranarse para luego venderlo a los demandantes. La unidad de medida era el contenido de una vasija metálica con un peso aproximado de un Kilo.

El trabajo se iniciaba con la adquisición del maíz en concha y una vez cumplida la operación de compra se enviaba a una señora que se ocupaba de descascarar el fruto en un bloque de madera con una cavidad y mediante una o dos “manos de pilón” que rítmicamente golpeaban el maíz, lograban desprenderle la concha y convertirlo en maíz pilado, que luego es sometido durante horas al proceso de coción, para ablandarlo.

En la mayoría de las casas se contaba con un sencillo aparato o máquina para moler el maíz con la cual se convertía el producto sancochado en masa que luego servía de base para elaborar las arepas

Años después ese procedimiento fue mejorado, con la llegada de la electricidad y el montaje de plantas de trillado y molienda, que aligeró el tiempo de preparación del grano.

Además de la máquina de moler, las areperas debían contar con un “aripo”, una forma de torta de barro cocido, que debía colocarse sobre tres piedras o “topias” y sometido al calentamiento mediante leña o carbón que se le introducía por debajo. A medida que la operadora iba moldeando las “arepas”, se colocaban sobre la superficie del “aripo” para una primera cocción y simultáneamente iba transportando las brasas para formar una fila limitada por una varilla metálica, a las cual se adosaban las arepas para su cocimiento final

La mayoría de estas trabajadoras repartían sus productos en base a encargo de las amas de casas y el resto de la producción iba a la venta en las calles, para lo cual usaban como recipiente las conocidas “totumas, que cubrían en su interior, con un paño para lograr que se mantuvieran más tiempo calientes. En las calles del pueblo y en los sitios de reunión de la población se veían a los muchachos vendedores voceando sus “arepas”, cuyo precio de venta era bastante bajo y asequible a los compradores.

En mi adolescencia, por los años 1.940, abundaban las elaboradoras de arepas en todo el pueblo y recuerdo que en mi sector operaban, entre otras: María del Pilar Navarro, Casta Rondón, María Campos, María Acosta y otras más, que ofrecían el alimento, en la mañana, mediodía y tarde, estableciendo una competencia incomprensible, dado el escaso margen de beneficios que generaba esa actividad.

Como una labor adicional, las fabricantes de “arepas” aprovechaban las cosechas de Agosto elaboraban las célebres cachapas de concha, así como los “bollos de maíz tierno” .y mazorcas de jojotos. Los más famosos eran los elaborados por la Familia Salina en El Zamuro y Juan, el hijo mayor de la familia visitaba repetidamente los sitios estratégicos, donde ofrecía sus productos en una “totuma”, protegida en su interior por hojas de cambur.

24 de febrero de 2009

Perfiles de Río Caribe - Las Vendedoras de Casabe de las Charas

Las mujeres de Río Caribe eran trabajadoras insignes. Generalmente, recibían remuneraciones de hambre. Las lavanderas, las cargadoras de agua, las buscadoras de leña, las escaladoras de pescado, las planchadoras, las sacadoras de carbón y de cal, las vendedoras de merienda, las vendedoras de pescado, las elaboradoras de arepa, las costureras, las dulceras, las sirvientas de adentro y toda esa categoría de mujeres, que por lo regular eran madres de muchos niños, tenían que trabajar arduamente y sin consideración para ganar un mísero sustento. Yo las admiraba por su sacrificio, por su tesón y por su resignación, pero siempre me llamó la atención esas féminas que venían desde el Caserío de Las Charas, cargadas con un rimero de tortas de casabe, para su venta en el pueblo. Las tortas de este producto eran distintas a las de otras regiones. ya que por su grosor, generalmente dobles, eran más pesadas y para su transporte se colocaban sobre dos tablas cruzadas, que se llevaban sobre la cabeza solo amortiguadas por un rollo de tela que llamaban “rodilla”.
El Caserío de Las Charas está localizado a unos 6 kilómetros de Río Caribe y tanto ese como su vecino Santa Bárbara eran de suelo seco, con muy poca humedad y delgada capa vegetal, que hacía difícil obtener gran productividad en las siembras, sin embargo, sus campesinos cultivaban en sus laderas y pequeños valles, plantas de yuca amarga, que es la materia prima del casabe y luego de una laboriosa tarea de rayado, extracción de la “leche” en un “sebucán” , extendido en una plancha calentada a leña, obtienen el producto. Eran varias las vendedoras de casabe que vestidas con sus mejores galas y con sus afeites en las caras, salían juntas hasta el pueblo, con sus cargas en las respectivas cabezas y al llegar a la entrada de la ciudad, se dispersaban por las diferentes zonas de la misma e iban vendiendo a domicilio y a los comercios, las sabrosas tortas de casabe y el exquisito manjar llamado “casabito con dulce”, que en otras regiones llaman “naiboas”. Esta jornada de distribución y venta del producto duraba largas horas y regresaban a su lugar de origen con la misma alegría con que salieron. Les rindo este homenaje a esas trabajadoras sacrificadas, al igual que a ese conjunto de mujeres que por sus familias se esforzaban en las pesadas tareas domesticas que debían realizar diariamente y con poca remuneración.

16 de febrero de 2009

Perfiles de Río Caribe - Los Chinos de Río Caribe

En mis años mozos en Río Caribe ( 1.929-1.944 ), existían dos familias chinas: Uno que vivía en la Calle Rivero y a quien no tuve oportunidad de conocer, se llamaba Sebastián Ching, casado con una riocaribera de apellido Subero y que instaló en el pueblo una lavandería industrial y que por los años 48 se mudó a la población de Guiria, contratado por unas empresas petroleras. Recuerdo someramente a sus hijos criollos: Alcides Ching, el mayor, Enma Ching, la segunda y luego vienen dos o tres hijos más, cuyo nombres no me acuerdo. El otro chino era Simón Sujú, que para entonces era soltero o viudo, que trabajaba en un taller de fotografía ubicado frente a la Plaza Bolívar, por el cual pasábamos todos los paisanos que celebraban matrimonios, bautizos o cumpleaños. Era innovador y modernista. Para los muchachos tenía un avión de cartón donde nos subía para simular que éramos aviadores. Igualmente un carrito para el mismo fin. Le agradaba hacer fotos de grupos familiares, teniendo por fondo a la estatua de Bolívar. Las fotografías las colocaba en un marco de cartón y usaba un sello seco que decía: Simón Sujú, Fotógrafo. Cuando la salud económica del pueblo se puso dura, emigró hacia Carúpano, donde tuvo mucho éxito. Se casó con una muchacha carupanera de apellido Raffo, hermana de un reconocido espiritista de nombre Juan Raffo. Sin ahondar mucho en su caso, creo que este chino fue el padre del General Simón Sujú Ruffo, muy conocido por sus actividades en el Ejercito y abuelo de una abogada de apellido Sujú, que da gusto oirla en las entrevistas que le hacen por Televisión.